Durante buena parte del siglo XX estuvieron prácticamente en todas partes. Los clorofluorocarbonos (CFC) se utilizaron en refrigeradores, sistemas de aire acondicionado, aerosoles y otros productos cotidianos.

Parecían una solución extraordinaria. Eran estables, poco reactivos y podían cumplir su función durante años. El problema era precisamente ese: cuando escapaban hacia la atmósfera, podían permanecer allí durante décadas.

Y terminaron provocando uno de los mayores problemas ambientales causados por la humanidad.

Casi 40 años después de que el mundo acordara comenzar a eliminarlos, tenemos algo bastante menos habitual que una nueva alerta ambiental: evidencia de que la capa de ozono se está recuperando.

Durante 2025, el agujero de ozono sobre la Antártida fue el quinto más pequeño registrado desde 1992, según NASA y NOAA. Su superficie media durante el periodo de mayor agotamiento alcanzó aproximadamente 18,71 millones de kilómetros cuadrados y comenzó a desintegrarse casi tres semanas antes de lo habitual durante la última década.

No significa que el agujero haya desaparecido. Tampoco que el problema esté solucionado.

Pero detrás de esas cifras hay una historia que comenzó hace más de medio siglo y que hoy representa uno de los ejemplos más claros de que una alteración planetaria provocada por nosotros también puede comenzar a revertirse.

Todo comenzó con unos gases que parecían inofensivos

En 1974, los químicos Mario Molina y F. Sherwood Rowland publicaron en Nature una investigación que cambiaría nuestra comprensión de los CFC.

Los investigadores advirtieron que estos compuestos podían permanecer entre 40 y 150 años en la atmósfera. Cuando finalmente alcanzaban la estratosfera, la radiación solar podía romper sus moléculas y liberar átomos de cloro capaces de participar en reacciones que destruyen el ozono.

El problema era enorme porque la capa de ozono cumple una función fundamental: absorbe buena parte de la radiación ultravioleta del Sol que resulta perjudicial para los seres vivos.

Pero en ese momento todavía faltaba observar directamente la magnitud de lo que estaba ocurriendo.

Eso cambió en 1985.

Investigadores de la British Antarctic Survey publicaron mediciones que mostraban una caída extraordinaria del ozono sobre la Antártida durante la primavera austral. En octubre de 1984, la capa de ozono sobre la estación Halley tenía aproximadamente dos tercios del espesor observado en décadas anteriores.

Había aparecido lo que terminaríamos conociendo mundialmente como el agujero de la capa de ozono.

El mundo decidió dejar de fabricar el problema

Dos años después llegó una respuesta internacional.

En septiembre de 1987 se adoptó el Protocolo de Montreal, un acuerdo internacional destinado a controlar y posteriormente eliminar las sustancias responsables del agotamiento de la capa de ozono.

El resultado ha sido extraordinario.

La evaluación científica respaldada por Naciones Unidas señala que se ha eliminado progresivamente cerca del 99% de las sustancias prohibidas que destruyen el ozono.

Y existe una razón por la que los resultados tardaron décadas en hacerse evidentes.

No bastaba con dejar de fabricar CFC.

Muchos de estos gases permanecen durante muchísimo tiempo en la atmósfera. Por eso, incluso después de reducir drásticamente sus emisiones, las moléculas que ya habíamos liberado podían seguir afectando la estratosfera durante décadas.

Habíamos cerrado la llave, pero todavía quedaba muchísimo CFC dando vueltas por la atmósfera.

Entonces apareció algo que no debería estar allí

La historia, sin embargo, tuvo un giro inesperado.

Después de años de descenso, los científicos detectaron que la concentración atmosférica de CFC-11 no estaba disminuyendo tan rápido como debería.

Algo estaba ocurriendo.

Una investigación publicada en Nature en 2019 utilizó mediciones atmosféricas realizadas desde Gosan, en Corea del Sur, y Hateruma, en Japón, junto con modelos de transporte atmosférico, para buscar el origen de esas emisiones.

Las pistas condujeron hasta el este de China.

Los investigadores calcularon que las emisiones provenientes de esa región habían aumentado en aproximadamente 7 gigagramos anuales entre 2014 y 2017, respecto del periodo 2008-2012.

Aquello explicaba al menos entre 40% y 60% del aumento mundial de las emisiones de CFC-11.

Era especialmente preocupante porque la producción mundial de CFC-11 destinada a nuevos usos debía haber sido eliminada bajo el Protocolo de Montreal.

Pero aquí ocurrió algo particularmente interesante.

La propia atmósfera permitió descubrir lo que estaba pasando.

La atmósfera se convirtió en una especie de detector

Las estaciones de monitoreo no necesitaban estar junto a las instalaciones que producían los compuestos.

Midiendo pequeñas variaciones en la concentración de CFC-11 y combinándolas con modelos atmosféricos, los investigadores pudieron reconstruir de dónde provenían las masas de aire y estimar geográficamente las emisiones.

Y pocos años después apareció otra señal.

Esta vez era buena.

Una investigación posterior publicada en Nature encontró que las emisiones de CFC-11 en el este de China habían caído alrededor de 10 gigagramos anuales respecto del periodo 2014-2017, regresando en 2019 a niveles comparables con los anteriores a 2013.

A escala mundial ocurrió algo similar.

Las emisiones globales de CFC-11 disminuyeron aproximadamente 18 gigagramos entre 2018 y 2019, según otro estudio publicado simultáneamente en Nature.

El episodio amenazaba con retrasar la recuperación de la capa de ozono. Los investigadores concluyeron posteriormente que probablemente se había evitado un retraso importante.

Es difícil encontrar un ejemplo más gráfico de cómo funciona el monitoreo ambiental global: detectamos un compuesto invisible en la atmósfera, descubrimos que algo no cuadraba, rastreamos aproximadamente de dónde provenía y posteriormente pudimos observar cómo esas emisiones volvían a caer.

Ahora estamos viendo el resultado

Volvamos a 2025.

Entre el 7 de septiembre y el 13 de octubre, NASA y NOAA calcularon que el agujero de ozono antártico tuvo una superficie media de 18,71 millones de kilómetros cuadrados.

Fue el quinto más pequeño desde 1992.

Su extensión máxima en un solo día llegó a 22,86 millones de kilómetros cuadrados el 9 de septiembre, aproximadamente un 30% menos que el mayor agujero registrado, observado en 2006.

Hay que tener cuidado con interpretar un solo año. El tamaño del agujero antártico puede cambiar considerablemente dependiendo de las condiciones meteorológicas de cada temporada.

Lo relevante es la tendencia de largo plazo.

NASA señala que los agujeros están tendiendo a ocupar una superficie menor que a comienzos de los años 2000, además de formarse más tarde y desaparecer antes.

Y las evaluaciones internacionales muestran que la recuperación está avanzando.

Pero todavía tendremos que esperar décadas

La reparación de la capa de ozono ocurre a escala planetaria y no humana.

Si las políticas actuales continúan, las proyecciones respaldadas por Naciones Unidas indican que el ozono debería regresar aproximadamente a los niveles de 1980 hacia 2040 en gran parte del planeta.

En el Ártico podría ocurrir alrededor de 2045.

La Antártida necesitará bastante más tiempo: aproximadamente hasta 2066.

Eso significa que muchas de las personas que estaban vivas cuando comenzó a discutirse seriamente el problema probablemente no alcanzarán a observar su recuperación completa.

Pero nosotros estamos viendo el proceso.

Y quizás esa sea la parte más extraordinaria de esta historia.

En 1974, científicos descubrieron que unos gases utilizados cotidianamente podían destruir el ozono a decenas de kilómetros sobre nuestras cabezas.

En 1985 vimos las consecuencias.

En 1987 comenzamos a retirar esos compuestos.

Y casi cuatro décadas después, los instrumentos están registrando que la tendencia comienza a revertirse.

La humanidad dañó la capa de ozono. Y ahora, lentamente, estamos viendo cómo se repara.